Tras la editorial de Padrig Montauzier en defensa de las identidades que componen Europa, una serie de artículo sobre temas de actualidad política y cultural. El primero sobre el estado actual de la juventud europea y la necesidad de que ésta retome el contacto con el mundo real para poder dirigirlo en un futuro próximo. A continuación, se aborda el preocupante tema del descenso del IQ entre las nuevas generaciones, unido a una progresiva simplificación del lenguaje que se nota en algo tan grave como la desaparición progresiva de los tiempos verbales más complejos (subjuntivo, imperfecto, formas compuestas del futuro, participio pasado) y un masivo uso del presente, lo que reduce la capacidad de pensar en forma hipotético-deductiva y reduce la perspectiva temporal y existencial. “Vers un million de locuteurs gallois? Habla de la progresiva introducción de galés en las escuelas galesas, el idioma céltico ya no es solo una herencia del pasado, sino que se está convirtiendo en una herramienta imprescindible para el futuro. “Les pensé-petits du bien-être animal” es una crítica al pensamiento pseudo-ecologista ignorante de la realidad y las leyes naturales y un elogio del papel del animal en las sociedades campesinas y agrícolas europeas. “L´Europe bureaucratique et son modèle sovietique” es una crítica a la política europea centrada en el tema de las energías renovables y en “Amandes, noisettes, pistaches, noix…” se hace un recorrido sobre las propiedades naturales de los frutos secos.
“Voiliers
bretons. De la drague au thon” es un artículo que narra en clave romántica la
evolución de los barcos y de los sistemas de pesca bretones, como la pesca de
altura nace en Bretaña entre 1850 y 1870, cambia el sistema de pesca y da
nacimiento a la industria de la conserva, ambos aspectos vitales para la sociedad
y la economía bretonas de finales del XIX y principios del XX.
Freiceadan
nan Gaidheal firma uno de los artículos más interesantes de este número
“L´héritage des clans d´Écosse”, en el mismo subraya la herencia céltica de los
mismos y su carácter comunal, un rasgo típico de la articulación de las
sociedades célticas. Se trataba de una asociación de hombres libres -también en
tanto de que jefes familiares- propietarios de tierras y que en conjunto
elegían libremente un jefe. Las tierras del clan pasaban a ser propiedad no del
jefe del clan, sino del conjunto del clan, y eran cultivadas según se dictaba
en la asamblea del clan con el objetivo de favorecer a todos sus miembros en
conjunto, no se pensaba en términos de individuo aislado, sino de colectividad
formada por individuos. LA jefatura del clan no era hereditaria sino electiva,
aunque generalmente recaían en alguien que pertenecía a una familia tradicional
de jefes. Ese sistema de jefatura
electiva existía en toda Escocia, cada provincia escocesa de la alta Edad Media
(mhaorine) estaba gobernada por un mormaer (del gaélico mor-mhaer
gran intendente), elegido a su vez por los jefes de los clanes de su provincia.
Todos los jefes de clan del país, conjuntamente con estos mormaer y lo
obispos de rito céltico, tenían el derecho a elegir al Ard Righn a h-Alba
(Gran Rey de Escocia), en una asamblea que tenía lugar en la antigua capital de
Scone. El cargo de rey tampoco era hereditario, aunque los monarcas electos
solían pertenecer a las casas reales de Moray y Atholl.
Las mujeres
y los hombres de un clan, incluidos los más humildes, no eran nunca siervos de
su jefe cuya función estaba muy lejos de la de señor feudal. Todos tenían derechos claramente definidos
por la antigua y compleja ley céltica, cuyo arbitraje estaban en manos de un
juez profesional, breithaemh. Las mujeres tenían una posición elevada en
la sociedad clánica, contrariamente a la posición que les asignó posteriormente
la ideología cristiana que se impuso como dominante. Como en toda Europa, la
acción de la iglesia terminó con las viejas tradiciones europeas. Iglesia que
también introducirá en Escocia dos ideas completamente ajenas al mundo céltico:
la heredabilidad de la monarquía y la abolición de la propiedad comunal de la
tierra. La Iglesia también apoyará el
uso del inglés en detrimento del gaélico e irá arrinconando las viejas
tradiciones escocesas. Solo las Highlands lo mantendrán vivo, desde esas
tierras altas los escoceses clánica intentaron recuperar todo el país,
estuvieron cerca de conseguirlo, pero en 1746 se derrota en la batalla de
Coluden marcó el fin de este mundo, y también en el norte del país e impuso la
extranjera ley feudal.
Fue gracias
a la reina británica Victoria de la casa Hannover, y sobre todo a su esposo el
rey consorte Alberto Sajonia-Coburgo Gotha que el mundo escocés fue rescatado
del olvido y rehabilitado, pero más de una forma folclórica que social,
económica y real.
Blywenn
Karrour nos recuerda la peste más grave por la que pasó Bretaña, la llamada
peste de Ellian que dio lugar a numerosas canciones y leyendas.
“La femme
bretone en Bretagne armoricaine” es básicamente la comparación que hace Anton
Kenouenn entre la situación de la mujer en el mundo céltico pagano, y en el
posterior mundo cristianizado. Kenouenn nos remite a la obra del celtista Jean
Markale, aunque matizando la propuesta matriarcal del mismo, si señala el
importante papel de la mujer en el mundo céltico en contraste con el mundo
mediterráneo. Como ejemplos nos da es el de la famosa reina celto-británica,
Boudica y el de las Gallisenae, la druidesa de la isla del Sena. Esta
situación de protagonismo de la mujer entrará en crisis con la cristianización,
así ya las córnicas carolingias sobre Bretaña ignoran el papel de la mujer. Sin
embargo, esta cristianización no impide que entre los britanos instalados en la
Armórica -es decir los bretones- la mujer siguiera teniendo un rol importante,
en ese sentido el término bretón Tyranissa, hacía referencia a las mujeres que
tenían algún papel dirigente, haciendo un recorrido por las mismas el autor
termina mencionando a Anna de Bretaña, nombrada duquesa de Bretaña a los 11
años y la última soberana independente bretona.
Otro
artículo de gran interés en este número es el que dedica Gwenn Teit Bronn al
simbolismo del dragón. Como nos dice el autor, en la mitología céltica el
dragón es un animal que posee el don de la clarividencia, de la profecía y es
un puente entre la tierra y el cielo, además de guardián de los grandes tesoros
y secretos del universo, que -antes de la llegada del cristianismo- tenía un
significado muy positivo entre los pueblos célticos, mientras que con la
llegada de esa religión se asimila a una criatura maléfica.
Volviendo a
su significado céltico, el dragón es también símbolo de poder político, recordemos
que el apellido Pendragon -de la familia del rey Arturo- significa “cabeza de
dragón”. Del mismo modo el dragón es símbolo de la función guerrera, como lo
atestigua la literatura mitológica de los diversos pueblos célticos y los
estudios de académicos como George Dumézil.
Es
significativo señalar como durante los enfrentamientos entre celtas y
anglo-sajones por el dominio de Gran Bretaña, los primeros tienen como símbolo
un dragón rojo -que es el dragón rojo de la actual bandera de Gales- mientras
que los germánicos anglo-sajones son representados por un dragón blanco.
En el último
artículo de temática histórica Blywenn Karrour hace una crónica de la batalla
de Auray de 1364, durante la llamada guerra de los Cien Años, en la cual se
enfrentaron dos bandos bretones apoyados respectivamente por Francia -al bando
perdedor- e Inglaterra -al bando ganador.
El presente número se cierra con un artículo
dedicado al alcatraz un ave muy común en Bretaña, una receta de cocina
tradicional “conejo a la sidra con manzana y champiñones” y un homenaje a Henri
Morvan, miembro de una conocida familia de músicos bretones. La contraportada,
como siempre, dedicada a un lugar religioso bretón, en este caso a la catedral
de Saint-Tugdual, construida en 542 por los primeros britones llegados a
Armórica, destruida en una incursión vikinga, y vuelta a construir casi ex novo
en el siglo XIV.












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