dimarts, 19 de juliol de 2022

“MISHIMA INMORTAL”

 

 


Edición Grupo Minerva

 

Regalo de mi amigo y camarada Alejandro Linconao durante mi última visita a Buenos Aires. Como él me dijo “este libro es un homenaje a la valentía universal”.

Recopilado por Alejando Linconao, el libro es una sucesión de capítulos firmados por diversos autores que navegan literariamente por la vida, ideas, estética y sobre todo la muerte del escritor japonés más conocido en Occidente.

Las aportaciones de Francesco Marotta, Andreas Scarabelli, Rubén González, Carmino Mohomed, Christofer Pankhurst, Kerry Bolton, Troy Southgate, Giussep Fiono y Emanuel Pieterbon y el propio Alejabndo Linconao, que escribe el último capítulo,  conforman de algún modo un todo narrativo, y explicativo que permite al lector tener una idea completa y completa de la realidad que rodeó y que encarnó Kimitake Hiraoka, conocido mundialmente como Yukio Mishina. Desde su nacimiento en una familia tradicional japonesa, hasta su mala salud que le impidió participar como soldado en la Gran Guerra contra Estados Unidos y el mundo moderno. Guerra que, sin embargo, marcaría su destino para siempre.

La declaración del Emperador nipón, Hiro Hito en la que –obligado por las tropas del capitalismo y la decadencia- niega su naturaleza divina, impactan fuertemente a Mishima. Para él, el Emperador es y será eternamente hijo de Amaterasu; será necesario crear las condiciones para que así se vuelva a proclamar. Mishima se forma en círculos nacionalistas cada vez más radicales, en los que es común criticar al budismo y reivindicar el sintoísmo como única religión propia de Japón. Mishima también siente interiormente la necesidad de dignificar a todos los que habían muerto por Japón y el Emperador habiéndose convertido en kamikazes, en decir en Viento de los Dioses. 

Mishima lee e interioriza la gran obra samurái Hagakure y afirma: “Ahí descubrí que el camino del samurái es la muerte”. Por eso prepara su muerte, crea un ejército sin armas el Tatenokai (la Sociedad del Escudo) de entre cuyos principios fundadores destacamos éste: “el Emperador es el único símbolo de nuestra comunidad histórica y cultura, y nuestra identidad racial”. Logró enrolar a un centenar de patriotas para este ejército, que –como el viento de los kamikazes- también tenía mucho de divino.

El 25 de noviembre de 1970, Mishima junto a cuatro miembros de su Totenokia entra en el cuartel general de las Fuerzas de Autodefensa Japoneses, el mínimo ejército que el ocupante estadounidense dejaba tener al otrora Imperio del Sol naciente.  Una vez dentro, Mishima da un discurso que tiene como objetivo provocar una sublevación de los soldados en favor del Emperador y el renacimiento de Japón. Los soldados no le escuchas, son ya hombre de otra época –una época sin duda peor y vacía de heroísmo-. Mishima decepcionado se da la vuelta y se practica el seppuku, la muerte más dolorosa y más tradicional reservada a los samuráis. Lo mismo hace el segundo de su ejército. Había dejado escrito “quiero que mi vida sea un poema”, y para darle mayor carga estética había estado cultivando su débil cuerpo hasta convertirlo en un duro y atlético y hacerse fotos inspiradas en el martirio de San Estaban, algo que le erotizaba profundamente.

Mishima logró hacer de su vida un poema y de su muerte un rito que invocó a los dioses del shinto y a su hijo terrestre: el Emperador nipón.